jueves, 22 de marzo de 2012

La fiera y su amargura

Decía la leyenda, que en su boca estaba el fuego de las profundidades del averno,
que en sus terribles cuernos gritaban los espíritus de la gente a la que con cornadas destrozó.
Que en sus ojos de ámbar brillaba la ira hacia toda la raza humana,
sus escamas solo mostraban las cicatrices de miles de luchas, de siglos y siglos de continua pelea, el rojo de la sangre había tintado con facilidad su alma ansiosa de venganza.
En sus garras solo vivía el suspiro de cadáveres y calaveras aplastadas con la fuerza de un bestia de tamaño incalculable.

Pero nadie oyó sus palabras, su lamento, sus lloros hacia la terrible pena que su corazón acontecía.
Nadie se detuvo a palpar la pena que su ser poseía.

Y nadie lo hará, y seguirá el transcurso de los siglos, milenios, y su ira aumentará con el tiempo, acabando así por arrasar el mundo y sumirlo en las llamas de la incomprensión y de la ignorancia.

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